No recuerdo quién empezó, a estas alturas. Entre idas, venidas, y salidas; entre boletos de conciertos, de vuelos, de partidos de fútbol. ¿Quién de los dos calculó mal primero? ¿Quién volteó a ver al otro con una mirada en su momento poco ensayada de pena que se convertiría en parte importante de nuestra amistad? No sabría decirlo. Para cuando acordé en llevar la cuenta, ya no había forma de asegurarse de cuánto nos debíamos el uno al otro.
Empezó con cosas simples; una cerveza (de seis, en mi defensa) en una fiesta de la cual yo dije, sin convicción, que te pagaría después, o un café que yo pagué mientras tú jurabas que tu cartera se había quedado en la mesa de tu cocina. Eran veinte, treinta pesos, en total. Una deuda inexistente entre poco conocidos, en aquel entonces.
Con el tiempo, empezamos a coincidir más. Empecé a saludar al llegar a las fiestas, en contraste con mi estrategia usual de rondar por las esquinas; empezaste a meterme a grupos para organizar 'algo tranquilo este fin'. La rutina se estableció por accidente: uno manejaba, el otro pagaba la bolsa de hielos, la bebida, el estacionamiento.
"Los boletos del concierto la próxima semana están al dos por uno, los compro ya y luego te paso la cuenta."
Con el paso del tiempo, se desacelera el ritmo. Nos vemos menos; relaciones, clases, prácticas, trabajos. Cada par de semanas nos juntamos con el grupo, creado incidentalmente en el diluvio de reuniones anteriores, y ahora cada quién lleva lo suyo. Aún así, la deuda que ha ido creciendo continúa existiendo. Seguimos yendo a conciertos, nos seguimos viendo en alguna tienda. Involuntariamente, empiezo a llevar la cuenta por primera vez. No me gusta la forma en la que actúo, y como parte de mi inventario personal, me doy cuenta que he recibido más de lo que he dispuesto. Nos vemos cada vez menos: 'no puedo este fin', 'ese día les fallo', 'voy a ver'. Te vuelves una especie de espectro que cuelga sobre la reunión, no te hemos visto en meses. Estas ahí en ciertos momentos, y cada conversación se vuelve un intento de actualizarnos el uno al otro en como va todo. A base de anécdotas apresuradas me hago una idea incompleta de tu vida, tú de la mía. La cantidad de dinero que hemos perdido con el tiempo deja de moverse.
Nadie está seguro de cuando exactamente se dió cuenta de que no habías hecho una aparición en ya bastante tiempo. Sentados alrededor de la mesa de algún restaurante, pensando, tal vez, en la última vez en la que habías puesto la propina para toda la mesa, antes de detenernos con una sacudida de la mano de contribuir lo nuestro, alegando que era más fácil de esta forma, y que te querías deshacer de tu efectivo, surgiste de nuevo como tema de conversación. Como si se tratara de un sueño medio recordado que revive con una palabra oída por accidente, todos empezamos a buscar con cierta preocupación cualquier indicio de ti. Último mensaje hace ya ocho meses. Las pocas redes sociales que mantienes, sin indicios de algún cambio. La primera persona en llamarte oye por primera vez la voz de la operadora, explicando que el número se ha desconectado. Todos sentimos, al oír a bajo volumen el mismo mensaje, un renovado sentido de alarma; la situación va rápidamente de una conversación holgada a algo tangible, algo real.
Saliendo ya del restaurante, a pasos apresurados, nos reunimos en la casa más cercana a seguir buscando alguna noticia tuya. No ayuda que hayas sido escaso con detalles de tu familia, evitando el tema en todo momento. Empezamos a intentar recordar cualquier detalle tuyo. Se siente extraño, oír anécdotas de tiempos pasados, en los que no conocía a ninguna de las personas que hoy considero mis más cercanas amistades, centradas alrededor tuyo. Empiezo a sentir una ansiedad familiar, preguntándome si en algún punto habrás dicho algo que habré olvidado.
Nos toma más tiempo del que nos gustaría admitir darnos cuenta de que ninguno puede recordar tu nombre. Nos toma mucho menos tiempo darnos cuenta de que ninguno de nosotros está de acuerdo en cómo te veías. La situación se degenera en una discusión a gritos. Al buscar fotos, encontramos que ninguno puede producir una sola foto tuya. Recordamos haberlas tomado, más no las poseemos. El pánico toma un momento en apoderarse de nosotros. Empezamos a reclamarnos el uno al otro. Toma horas, luego días; algunos quedamos enojados por meses después de esa noche, otros terminamos juntándonos cada vez más, en constante comunicación, casi como superstición. De vez en cuando, limpiando el interior de mi carro o una mochila vieja, encuentro un recibo por dos cafés: mi orden de siempre y una que ya no alcanzo a reconocer.